Probablemente sepan lo que sucedió instantes después: Smith se dirigió al escenario de los Oscar, le dio una bofetada a Rock, volvió a su asiento y después le gritó a Rock que sacara de su boca el nombre de su esposa. Smith volvió a repetirlo por si acaso, con una palabra malsonante. Las risas se convirtieron en risitas nerviosas, luego en un silencio estupefacto. No estaba claro si esto era parte de la vida real, y entonces todo fue evidente: lo que estábamos presenciando era a una persona que no aceptaba la broma. Estábamos viendo una piel que se había ablandado hasta no haber piel.
Pinkett Smith padece alopecia, una enfermedad que provoca la pérdida del cabello y que afecta desproporcionadamente a las mujeres negras. Rock tuvo muy mal gusto al burlarse de su pelo. Ha dicho que no sabía lo de su alopecia, pero probablemente sabía al menos que el chiste escocería, puesto que produjo el documental Good Hair, que trata sobre las mujeres negras y sus relaciones, a menudo tirantes, con su cabello.
Pinkett Smith ha hablado sin tapujos sobre su lucha con la pérdida del cabello, difícil para cualquiera, pero especialmente dura en el mundo de los famosos, tan sexista y preocupado por la imagen, de Estados Unidos, donde las mujeres, sobre todo, soportan una interminable letanía de comentarios sobre su aspecto, la indumentaria que eligen, sus relaciones personales y cualquier otra cosa que la gente pueda encontrar para desacreditarlas. A mujeres famosas como Whitney Houston, Britney Spears, Amanda Bynes, Janet Jackson, Monica Lewinsky y Meghan Markle se las ha empujado hasta el límite con dicho escrutinio y la inadmisible expectativa de que endurezcan su piel ante el escarnio, la falta de respeto, los insultos y las bromas. Aunque luego, mucho después de estas humillaciones públicas, se reexamine y condene cómo se las trató, los míseros actos de contrición pública son insuficientes y llegan demasiado tarde. El daño está hecho.
La violencia siempre está mal y resuelve muy poco. Smith tenía muchas mejores opciones que no pasaban por ponerle las manos encima a otra persona delante del mundo entero. La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas abrió una investigación sobre el incidente la tarde del lunes, y Smith se disculpó con Rock y con el mundo esa misma noche a través de Instagram.
Aun así, Smith vio seguramente el dolor de su mujer, y es posible que él mismo experimentara un momento de fragilidad, de piel fina. En sus memorias, Will, el actor escribe sobre la culpa que sentía porque, de niño, no pudo proteger a su madre del maltrato de su padre. La pulla de Rock no fue en modo alguno lo mismo que la violencia doméstica, pero entiendo que Smith no fuera capaz de aceptar esa broma a costa de su esposa, dadas las capas de contexto y las historias públicas y privadas que preludiaron esa noche.
Estoy intentando respetar un espacio para todas esas capas: el cansancio de Pinkett Smith por ser objeto de bromas, la serie de malas decisiones de Smith y el intento de Rock de mantener la compostura al instante de haber sido objeto de violencia. Lamentablemente, el incidente se ha convertido en una especie de test de Rorschach sobre el cual la gente proyecta sus antecedentes, opiniones y afinidades. Y lo que se pierde de vista en el discurso es que, por muy decepcionante que fuese el incidente, también fue un raro momento de defensa pública de una mujer negra.
También presenciamos un ejemplo, la semana pasada, de una mujer obligada a tener una piel increíblemente dura y que en gran medida se quedó sin defensa. Durante las vistas de confirmación de la jueza Ketanji Brown Jackson para la Corte Suprema de Estados Unidos, la distinguida jurista soportó toda clase de insultos, racismo y misoginia de los senadores republicanos que formularon preguntas ridículas que, en realidad, aprovecharon como oportunidad para pavonearse. La jueza Jackson fue aplaudida en muchos círculos por su calma y su compostura.









































