Sin duda, el consentimiento es un precursor del sexo ético. Pero, con demasiada frecuencia, la educación sobre el consentimiento no nos enseña a entender y a aprender el sexo que viene después de decir “sí”. Con una enseñanza concentrada sobre todo en las ocasiones en que decimos sí o no de manera verbal, los jóvenes se quedan con una comprensión deplorablemente limitada y legal de lo que es y debe ser el sexo, en lugar de adquirir la capacidad más amplia de articular nuestros deseos sexuales en situaciones complicadas a nivel emocional. Necesitamos una cultura que nos anime a ir más allá del sexo legal y a dar prioridad al sexo satisfactorio a nivel emocional.
En la década de 2010, una serie de acusaciones espantosas de agresión sexual en campus de alto perfil llevó a un debate sobre el sexo que sospechaba de los deseos sexuales de los hombres jóvenes. Las activistas feministas argumentaron que la prevención de las agresiones sexuales implicaba invertir las expectativas del sexo heterosexual: no que las mujeres dijeran “no” para detener un avance, sino que los hombres pidieran un “sí” para iniciar uno. En 2015, al menos 1400 universidades habían adoptado estas definiciones de consentimiento y había surgido una industria artesanal de capacitaciones sobre el consentimiento. Una visión de la ética sexual basada en el consentimiento se ha convertido en algo común; ahora, hablar de sexo y moralidad equivale, en su mayoría, a hablar de consentimiento.
El lenguaje que hemos aprendido en estos programas se ha convertido en parte de nuestras conversaciones cotidianas. Cuando mis amigas y yo hablamos de nuestra vida amorosa, tendemos a compartir el mismo tipo de historias, casi como un ritual. Por lo general, estamos sentadas en el piso de una residencia de estudiantes o de un apartamento barato, tomando hard seltzer de descuento o vino de caja. A medida que transcurre la noche, un poco ebrias, compartimos los detalles escabrosos de nuestros incipientes encuentros románticos. Entre historias de malas citas en Bumble, besos en la pista de baile y rupturas dignas de una canción de Olivia Rodrigo, casi todas hemos tenido la misma experiencia: alguna vez en la que nos pidieron nuestro consentimiento de manera explícita, quisimos decir que no, y podríamos haber dicho que no, pero simplemente no lo hicimos.
Es inevitable que alguien pregunte: “Bueno, ¿dijiste que sí?”. La respuesta es casi siempre sí, pero, a pesar de eso, nos queda una inquietud inquebrantable. Dijimos que sí, pero no sabemos por qué. Es muy confuso hablar de esas experiencias porque, en teoría, todo se desarrolló de manera perfecta. Si das tu consentimiento, no deberías sentirte terrible después, ¿cierto?









































