KIEV, Ucrania — Todos los días, Viktoriya tiene que pasar frente a la casa donde la violó un soldado ruso de la misma edad que su hijo adolescente.
A principios de marzo, las tropas rusas llegaron a su pueblo que tiene dos calles y está cerca de Borodianka, un suburbio de Kiev. Explica que, poco después, dos soldados la violaron a ella y a una vecina, mataron a dos hombres, incluido el esposo de esta última, y destruyeron varias casas.
“Si no piensas en todo eso, puedes vivir”, dijo Viktoriya en una entrevista hecha en el poblado en un día lluvioso reciente. “Pero, por supuesto, no se olvida”.
Ella está cooperando con los fiscales porque dijo que quiere que los responsables sientan el “dolor eterno” que le causaron. “Quiero que sean castigados”, dijo.
Es imposible asegurar que los castigarán y pueden pasar años hasta que eso suceda. Las violaciones fueron una de las muchas atrocidades que las tropas rusas infligieron a los civiles ucranianos durante las semanas de ocupación en los suburbios de Kiev y otros lugares; sin embargo, las dificultades para procesar las agresiones son enormes: las pruebas son limitadas, las víctimas están traumatizadas y, a veces, son reacias a testificar sobre sus agresiones, si es que llegan a denunciarlas. La mayoría de los soldados acusados han desaparecido.
Los fiscales ucranianos afirman que están investigando miles de crímenes de guerra, entre los que se incluyen los asesinatos tipo ejecución y los bombardeos indiscriminados de civiles. Entre estos, “decenas” implican violaciones, señaló Kateryna Duchenko, quien supervisa los casos de violación en la oficina del fiscal general de Ucrania, un porcentaje bajo que representa solo una parte del sufrimiento. La víctima de mayor edad tenía 82 años, dijo.
A pesar de eso, las autoridades ucranianas tratan de buscar justicia para los ataques de violencia sexual. El jueves pasado, en un caso distinto al de Viktoriya, los fiscales iniciaron el primer juicio por violación como crimen de guerra. En una audiencia a puerta cerrada en un tribunal de Kiev, acusaron a un soldado ruso de irrumpir en una casa de Bohdanivka, un poblado al este de la capital, violar a una mujer en presencia de su hijo y asesinar a su esposo. La agresión ocurrió el día después de que Viktoriya y su vecina dijeron que habían sido violadas en su poblado, al otro lado de Kiev.
El soldado enjuiciado, Mikhail Romanov, de 32 años, fue identificado por los investigadores a través de las redes sociales, según informaron los medios de comunicación, y la sobreviviente lo reconoció. Lo están juzgando en ausencia, pero el caso enviará una señal importante a las víctimas de la violencia sexual en tiempos de guerra, comentó Yulia Gorbunova, investigadora principal sobre Ucrania en Human Rights Watch.
“Esto demuestra que el gobierno se toma en serio el enjuiciamiento de los casos de violación”, dijo Gorbunova.
Durante marzo, las fuerzas rusas se retiraron de los alrededores de Kiev, incluido el poblado donde vive Viktoriya. En las semanas siguientes, las autoridades ucranianas se vieron desbordadas por los relatos de atrocidades, según Lyudmyla Denisova, quien en ese momento era la máxima defensora de los derechos humanos en el país. Desde el 1 de abril hasta el 15 de mayo, la línea de ayuda psicológica de su oficina recibió 1500 llamadas de personas que buscaban apoyo para hacer frente a los delitos sexuales, la tortura y la violencia, dijo Oleksandra Kvitko, quien gestiona la línea de ayuda.
“Una madre llamó para informar que su bebé de 9 meses había sido violado con una vela”, dijo Kvitko. “Ataron a la madre y la obligaron a mirar”. La mujer había llamado diciendo que quería llevarse a su hijo y tirarse por la ventana. Kvitko dijo que intentar darle a la madre una razón para vivir formaba parte de su trabajo.
La línea directa ha registrado cientos de llamadas sobre violaciones, pero muchas de las víctimas se encontraban en un estado de salud mental frágil, dijo Kvitko, y no estaban listas para brindar un testimonio oficial ante las autoridades.
Para investigar las violaciones, los fiscales recopilan las pruebas físicas disponibles y toman el testimonio de la víctima. Un examen médico también puede servir como prueba, pero cuando las violaciones ocurren en territorios ocupados, con frecuencia no es posible hacer un examen de inmediato, y si pasa el tiempo suficiente, es posible que no haya indicios de un encuentro sexual violento.
A falta de coincidencias de ADN, los fiscales intentan basarse en otras pruebas forenses, como ropa desgarrada y signos de cortes y moretones de la víctima.
Incluso cuando es posible determinar la identidad de los agresores, la mayoría no están bajo custodia ucraniana, como sucedió en el caso de Romanov, el soldado ruso que fue juzgado la semana pasada.
El Ministerio de Defensa ruso no respondió a las solicitudes de comentarios sobre el caso de Romanov, pero ha negado las acusaciones de que sus soldados cometan crímenes de guerra.
Viktoriya, de 42 años, y varios vecinos proporcionaron a The New York Times relatos de la noche de la agresión con la condición de que solo se utilizaran sus nombres de pila. Viktoriya pidió que no se nombrara su poblado porque vive tan poca gente que los extranjeros podrían identificarla, y le tiene miedo al acoso.
Viktoriya contó que la noche del 8 de marzo llamaron a su puerta. Entraron tres soldados rusos, apestando a alcohol.
Los soldados obligaron a Viktoriya a acompañarlos a una casa vecina, donde habían planeado llevarse a otra mujer, pero decidieron que era “demasiado gorda”, narró.
El trío de borrachos la llevó por la carretera del pueblo hasta una tercera casa, donde vivía una vecina llamada Valentyna con su hija, Natasha, de 43 años; el esposo de Natasha, Oleksandr; y su hijo de 15 años.
Cuando Oleksandr abrió la puerta, los soldados preguntaron por su mujer. “Yo también soy ruso”, protestó, y les dijo que había nacido y crecido en Crimea. Viktoriya vio cómo les suplicaba que se lo llevaran a él.
Uno de los soldados le disparó en la puerta de su casa, según relató Viktoriya.
Los soldados llevaron a Viktoriya y Natasha a punta de pistola a la casa que los rusos usaban como cuartel general. Un soldado llamado Oleg se llevó a Natasha, dijo Viktoriya, y otro llamado Danya se la llevó a ella. “Cuando me llevaba allí, le pregunté cuántos años tenía”, dijo. “Contó que tenía 19 años”.
“Le repliqué que mi hijo tenía 19 años”, dijo. Oleg, el comandante que atacó a Natasha, tenía 21 años.
Viktoriya dijo que le había preguntado a Danya si tenía novia. Él respondió que sí, que tenía 17 años y que nunca había tenido relaciones sexuales con ella.
“Fue muy cruel, no me trató como a una mujer, como a una madre, sino como a una prostituta”, dijo Viktoriya. “Me violó y, en mi presencia, mataron a Oleksandr con mucha crueldad. Los odié muchísimo. Deseo que mueran junto con Putin”.
En una entrevista en la entrada de la casa donde mataron a Oleksandr, Valentyna dijo que su hija había regresado de madrugada, buscando a su hijo. No fue capaz de decir gran cosa.
“Era como una piedra, se encerró en sí misma”, afirmó Valentyna.
La familia enterró a Oleksandr en su patio trasero, cerca de un abedul pequeño. Valentyna había comprado un árbol para cada miembro de la familia, esperando que creciera durante años antes de que alguno de ellos muriera.
Los investigadores de la policía acudieron a exhumar el cadáver un mes después, y las mujeres dieron declaraciones sobre lo que les había ocurrido y esperan que estas conduzcan a un juicio. Los fiscales confirmaron que estaban investigando tanto las agresiones como el asesinato de Oleksandr. Un vecino, Viktor, le confirmó al Times que Viktoriya había acudido a su casa esa noche y le había contado que había sido violada. Dijo que se quedó allí hasta que los rusos se fueron, pues temía que los soldados la buscaran en su casa.
Los familiares de Natasha la convencieron de que abandonara el lugar con su hijo. Ahora se encuentra en un alojamiento temporal en una pequeña ciudad austriaca donde ninguno de los dos habla el idioma. Ella está en contacto con una psicóloga ucraniana, también refugiada, con la que habla a diario.
Su madre, Valentyna, ahora vive sola, a excepción de las cabras, gallinas y gatos que tiene. Los rusos mataron a su perro el 19 de marzo, 10 días antes de retirarse del pueblo. A pesar del conservadurismo y el estigma en Ucrania por la violación, animó a Viktoriya y a su propia hija a hablar con un reportero sobre lo que les había sucedido.
Viktoriya ha permanecido en el pueblo, viviendo en la misma carretera donde la retuvieron a punta de pistola. Los signos de la ocupación todavía están presentes. Afuera de una casa cerca de la entrada del pueblo, alguien había pintado una V blanca, un símbolo de la invasión rusa de Ucrania. Cerca, otra valla tenía un “CCCP”, el acrónimo cirílico de la Unión Soviética, pintado de manera inexperta.
Pero en el resto del camino, los letreros son ruegos desesperados a la misericordia de los soldados rusos: “Aquí vive gente”. “Niños”. “Ancianos”.
Viktoriya comentó que no quería salir de Ucrania sin su esposo, quien, al ser un hombre en edad militar, no puede abandonar el país hasta el final de la guerra. Fue difícil permanecer en el poblado, explicó, porque todo el mundo sabía lo que le había pasado. Ella cree que los que se fueron durante la guerra y volvieron han culpado de la destrucción a los que se quedaron.
“Se suponía que esta guerra iba a reconciliar al pueblo, y ha empeorado”, dijo. “Esta guerra acabó con la mente de todos”.
Viktoriya ha vuelto a fumar, algo que dijo haber dejado antes de la guerra. También está tomando sedantes. Espera que sus verdugos sean castigados, pero ningún juicio, afirmó, podrá responder a las preguntas que sigue haciéndose:
“¿Por qué son tan agresivos con nuestro pueblo? ¿Por qué vinieron a sacar a la gente de sus hogares? ¿Por qué quemaron las casas? ¿Por qué han provocado dolor?”.
Evelina Riabenko y Diana Poladova colaboraron en este reportaje.
Valerie Hopkins es corresponsal internacional y cubre la guerra en Ucrania, así como Rusia y los países de la antigua Unión Soviética. @VALERIEinNYT









































