Debemos parte de este contexto redentor a Monica Lewinsky, por supuesto, cuyo affaire con el presidente fue el telón de fondo durante mis años de adolescencia y cuya vuelta al ojo público ayudé seguramente a facilitar, una vez que tuve edad suficiente para identificar su complejidad. Escribí sobre Lewinsky en 2015, poco antes de su charla TED sobre la humillación pública, y luego otra vez el año pasado, cuando se convirtió en tema de la serie de FX Impeachment. (La serie, que cuenta con Lewinsky entre sus productores, narra la historia del affaire desde el punto de vista de las mujeres implicadas).
Desde entonces, he aplicado un enfoque similar a las vidas de otras mujeres vilipendiadas: Katie Hill, la excongresista que dimitió en medio de un escándalo a causa de una “pornovenganza”; Paula Broadwell, la antigua amante —palabra femenina en inglés que no tiene equivalente masculino— del general David Petraeus; Amanda Knox, que hace una década fue absuelta del impactante asesinato de su compañera de piso y que lleva desde entonces intentando recuperar el equilibrio.
De modo que no soy inmune al atractivo de este arco redentor. Y, sin embargo…
Hay un término que aprendí hace poco: “escoptofilia”. Significa “amor por mirar”. Podría referirse a la pornografía o incluso a un accidente de coche, pero a menudo se utiliza en el cine para describir cómo miramos a las mujeres retratadas en la pantalla. No es ningún secreto que a los seres humanos les encanta consumir espectáculo, y les encanta doblemente cuando hay mujeres y sexo de por medio. Pero ¿en qué momento tanto el retrato ficcionado de ese espectáculo, como que nosotros lo veamos, se volvió tan malo como mirar el espectáculo en sí?
Ursula Macfarlane, directora de un documental de próximo estreno en Netflix sobre Anna Nicole Smith, la atribulada actriz y modelo que murió de sobredosis accidental a los 39 años, dijo cuando se anunció el proyecto: “Este parece el momento adecuado para reexaminar la vida de otra mujer bella y joven cuya vida fue escudriñada y finalmente destruida por nuestra cultura”.
Tal vez, pero ¿a partir de qué punto esos reexámenes simplemente perpetúan los tropos que en primera instancia las hicieron merecedoras de una mirada retrospectiva? ¿Quién cuenta esas historias, quién debería sacar provecho de ellas y cuándo todo eso que se dice sobre la recontextualización y sobre derrocar la mirada masculina empezó a tener más que ver con la representación de una redención que con las mujeres que están en el centro de esas historias?
La escritora Kathryn VanArendonk ha llamado a esto “el turismo de la empatía”: el intento de llevar de viaje a los espectadores a un pasado lo suficientemente reciente para ser reconocible, pero lo bastante lejano para que resulte extravagante. En consecuencia, algunos esfuerzos —y, quizá aún más, el modo en el que la gente habla de ellos— pueden caer en una especie de engreimiento.
Aún podemos consumir estas historias, pero desde un punto de vista más tolerante. Se nos da la posibilidad de sentirnos bien por dónde está hoy Lewinsky (¡es productora!), pero también de mirar embobados cómo le enseña el tanga al presidente de Estados Unidos, una escena a la que, según me dijo, accedió a regañadientes.









































