La mayoría de mis amigas —doctoras, abogadas, ejecutivas de organizaciones sin fines de lucro, capitalistas de riesgo— también conservaron sus apellidos después de casarse, así que no sentí ninguna presión por cambiar el mío: ni cuando me casé por primera vez ni cuando me casé con mi esposo actual y definitivo en 2016. A veces uso su apellido como una identidad casi secreta cuando registro mis rutas en bicicleta en una aplicación de condición física o me inscribo a invitaciones abiertas para visitar propiedades a la venta que quiero ver, pero no tengo ninguna intención de comprar. Sin embargo, nunca he sentido la necesidad de hacerlo de manera oficial.
Sí, a veces es complicado. Mis hijas llevan el apellido de mi primer esposo. (Mi oposición al patriarcado sucumbió ante mi renuencia a maldecir a otra generación de mujeres con mi espantoso apellido). Yo tengo mi apellido. Mi esposo tiene el suyo. Puede ser confuso al momento de comprar boletos de avión o asistir a conferencias de padres de familia. Y sospecho que, si no viviera en una ciudad costera tan demócrata, habría más miradas inquisitivas.
La idea de tomar el apellido de un esposo siempre me incomodó, pues me recordaba a El cuento de la criada. En la República de Gilead de la novela de Margaret Atwood, las criadas, que existen para engendrar los bebés de las élites, son despojadas de todo lo que pueda identificarlas como individuos, incluso sus nombres. Se convierten en un solo “Of” (de) el primer nombre de sus comandantes: Offred, Ofglen, Ofwarren.
Al cambiar su nombre —a Jennifer Muniz en un matrimonio previo y ahora a Jennifer Affleck— J. Lo está en consonancia con la mayoría de las mujeres en Estados Unidos. En Estados Unidos, solo alrededor del 20 por ciento de las mujeres han conservado su apellido en años recientes, según un análisis de 2015 a cargo de The Upshot.
Si decidimos creerle a una entrevista de 2003 para “Access Hollywood”, J. Lo siempre ha tenido el plan de cambiar su apellido por el de Ben. Pero los primeros años de la década de los 2000 eran una época distinta. En 2003, Donald Trump era un propietario de casinos fracasado, siempre presente en los tabloides. La pandemia aún no llegaba para exponer el sexismo en la división de las labores domésticas y desplazar a millones de mujeres de la fuerza laboral. El dictamen del caso Roe contra Wade prevalecía como ley en este país.
Tal vez la cuestión de que una estrella pop, que también es una marca global, se cambie el apellido o no parece poco importante o insignificante en términos políticos en una era en la que Hillary Rodham Clinton prescinde de su apellido de soltera (en algunos contextos) y Amy Coney Barrett conserva el suyo. Entre la decisión reciente de la Corte Suprema, el movimiento #MeToo y los posibles ataques contra los métodos anticonceptivos y el matrimonio igualitario, las feministas tienen asuntos más urgentes que atender.









































