En 1928, los Juegos Olímpicos implementaron su primera categoría femenina en competiciones de atletismo. En esa época, hubo especulaciones públicas de que algunas de las atletas eran demasiado masculinas e incluso de que había hombres que se estaban haciendo pasar por mujeres para ganar.
“Los deportes femeninos eran controversiales, pues se consideraba que las mujeres estaban usurpando un dominio masculino”, dijo Susan Cahn, historiadora de la Universidad de Búfalo en Nueva York. “Por eso, siempre se cuestionaba la feminidad de las mujeres atletas cuando eran realmente buenas”.
En la década de 1960, el Comité Olímpico Internacional (COI), impulsado por sospechas de juego sucio en plena Guerra Fría, estableció una nueva comisión médica para gestionar las pruebas de dopaje, así como los “desfiles de desnudos”, en los que un panel de médicos inspeccionaba a atletas desnudas, dijo Jaime Schultz, historiador deportivo de la Universidad Estatal de Pensilvania.
A finales de la década de 1960, el COI remplazó los exámenes físicos con una prueba genética para cromosomas sexuales, tras alegar que la toma de una muestra bucal proporcionaría una manera “más simple, objetiva y digna” de verificar el género.
En 1967, la deportista polaca Ewa Klobukowska, una medallista de oro en atletismo, se convirtió en la primera atleta en ser descalificada de las carreras femeninas debido a la prueba cromosómica, luego de que supuestamente se descubrió que tenía un tipo de “mosaicismo genético” en el que algunas células portan un cromosoma Y.
Las pruebas genéticas enfrentaron un desafío legal importante en 1977, cuando Renée Richards, oftalmóloga y mujer transgénero, demandó a la Asociación de Tenis de Estados Unidos por exigirle la prueba de cromosomas para competir en la categoría femenina del Abierto de Estados Unidos. Richards, que había hecho la transición después de jugar al tenis en la división masculina durante años, ganó la demanda.









































